Feminismo latinoamericano: una historia de conflicto

Regina Ceballos Canto

KEY CONCEPTS

Discurso: Plática y texto en un contexto determinado que se encuentra en cualquier secuencia escrita o hablada; son producto de un orador, escritor o por una serie de temas que promueven conversación o comunicación escrita. 

Género: comportamientos que definen a los individuos como masculino o femenino en una sociedad particular y contexto cultural. 

Feminismo: Conjunto de teorías sociales y de prácticas políticas de abierta oposición a concepciones del mundo que excluyen la experiencia femenina de su horizonte epistemológico y político; revela y critica la desigualdad entre los sexos y géneros a la vez que reclama y promueve los derechos e intereses de las mujeres. 

Patriarcado: Sistema social de relaciones de género en las cuales existe una desigualdad de género. 

Masculinidad: Posición en la cual los hombres son vistos en cuanto a su función social construida a través de las relaciones de género. 

Sexualidad: Abarca todos los aspectos eróticos de la vida del individuo como el deseo, la práctica, relaciones e identidades. 

Sexo: Condición biológica que define a las personas como macho o hembra según su nacimiento. 

Feminismo latinoamericano: una historia de conflicto 

El movimiento feminista en América Latina surgió en un contexto de transacción de los regímenes militares autoritarios a procesos de democratización, así como de la finalización de los conflictos armados que dieron paso a las negociaciones de paz. Se enfrentaba a la tendencia de la aparición de movimientos sociales, movimientos de liberación y los partidos políticos de izquierda mientras trataba de colocar en la agenda política y social la consecución de la igualdad entre hombres y mujeres. Aún con elementos similares en su génesis, más que ser un movimiento monolítico y homogéneo, se destaca por su enorme diversidad y pluralidad de enfoques a lo largo de su desarrollo evolutivo de los cuales existen temas, plataformas y redes en común. 

El feminismo latinoamericano de la actualidad es el resultado de la conglomeración de varios movimientos que empezaron en la década de 1980  que culminaron en una serie de eventos que se conocen como “Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe”. Estos buscaban contribuir al fortalecimiento de la democracia en la región a partir de la incorporación de los derechos de las mujeres como parte de una sociedad civil y organizada. Este encuentro se sigue realizando en nuestros días siendo su 15º edición en el año 2020 en El Salvador. Sin embargo, una de las mayores dificultades al comienzo de estos, fue la falta de representación de la diversidad femenina resultando en la constante reestructuración del feminismo para poder encontrar cabida a sus miembros, y esto, a su vez, ocasionó su fragmentación en grupos más pequeños que representaron los intereses de las ideologías individuales. 

A pesar de los notables avances que ha tenido la lucha por los derechos de las mujeres en la región (actualmente es un líder global en la representación legislativa de la mujer ocupando un cuarto de los escaños parlamentarios del mundo) siguen existiendo incongruencias, luchas, desafíos y contradicciones en lo que representan los logros de este movimiento en el continente. 

América Latina y el Caribe poseen la mayor tasa mundial de violencia sexual contra las mujeres. En Argentina los feminicidios ascendieron a una cifra de 254 en el 2017 siendo asesinada una mujer cada 30 horas según el Registro Nacional de Feminicidios del país. En México, tan solo en el primer semestre del 2018, hubieron un total de 402 víctimas y de acuerdo con los datos recolectados por la Secretaría de Gobernación ocurren en promedio dos asesinatos al día. 

El Oxfam, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, presentó un informe en el que se analizan los comportamientos y creencias de jóvenes de entre 15 y 25 años en América Latina y el Caribe sobre la violencia género. El informe presenta resultados alarmantes sobre la realidad de la cultura machista vigente en la sociedad latinoamericana.

Según los datos recolectados seis de cada diez hombres piensan que celar es una demostración de amor mientras que siete de cada diez piensan que la responsabilidad de ser acorraladas, manoseadas o abusadas sexualmente es de las mujeres según el tipo de vestimenta que utilicen. La violencia contra las mujeres esta firmemente arraigada en la cultura patriarcal producida mediante imaginarios y normas sociales basadas en el machismo. 

Resulta una paradoja como, a la vez en que presenta grandes avances en cuestiones de género, Latinoamérica sigue manteniendo su historia de masivas violaciones de derechos humanos en una cultura política que ha permanecido represiva por poderes oligárquicos dominantes. Parece ser que dentro de los mismos avances realizados por el movimiento existen verdades ocultas las cuales hacen que se cuestione el verídico progreso que se lleva a cabo.

Entre los años de 2010 y 2014 cuatro mujeres ocuparon la presidencia en países latinoamericanos: Laura Chinchilla Miranda fue nombrada presidenta de Costa Rica en el 2010 al igual que Dilma Rousseff en Brasil, Cristina Fernández de Kirchner fue elegida como jefe de estado en Argentina en 2007 siendo reelecta en 2011 y en Chile Michelle Bachelet ganó las elecciones en 2005 al igual que en el 2013. En el tiempo en que estuvieron en el poder, estas cuatro mujeres, representaban colectivamente a 250 millones de habitantes, casi la mitad de la población que conforma América Latina. 

A pesar de haber sido una situación sin precedente estos avances tienen indirectamente una relación con el patriarcado machista vigente en la estructura social latinoamericana ya que, gran parte de que estas mujeres pudieran alcanzar estas posiciones políticas, fue gracias al apoyo que obtuvieron de hombres funcionarios de gobierno, ex-presidentes, o políticos de gran influencia. 

Rouseff trabajó con Luiz Inácio Lula da Silva cuando este era presidente de Brasil como ministra de energía y jefe del estado mayor antes de postularse para la presidencia, Chinchilla era la vicepresidenta durante la administración del ex-presidente Oscar Arias Sánchez que posteriormente avaló su candidatura, Bachelet fue ministra de salud y de defensa durante el mandato de Ricardo Lagos Escobar el cuál contaba con gran popularidad y Cristina Fernández sucedió a su esposo Néstor Kirchner cuando termino su periodo presidencial en el 2007. 

Existe este constante debate de si el avance femenino a manos de influencia masculina es feminista suficiente o si es inválido en el desarrollo del movimiento. El feminismo moderno necesita de un esfuerzo colectivo en donde el distanciarse de la cultura machista no implique la desacreditación del pensamiento masculino sino que promueva el avance social consolidado en la aceptación de las diferencias sociales. Aunque la emancipación del sexismo fue el catalizador originario del movimiento es necesario la unión de hombres y mujeres que luchen por una agenda en contra de la alineación de sexos. 

De los aspectos de mayor prioridad en la agenda feminista se encuentran los derechos sexuales y reproductivos, siendo la lucha por la legalización del aborto la más controversial. Una de las situaciones más recientes sobre este tema es la que ocurrió el pasado mes de agosto en Argentina cuando la propuesta de la nueva ley de aborto no fue aprobada por el Senado. Si analizamos los antecedentes de las desiciones legislativas tomadas en el país a través de los años, Argentina ha adoptado frecuentemente algunas de las políticas más progresistas en América Latina e incluso en el mundo. 

En el año del 2010 se convirtió en el primer país latinoamericano y el décimo en el mundo en aprobar el matrimonio homosexual y la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Dos años después promovió la ley de identidad de género que permitía a las personas transgénero a utilizar su nombre y sexo de elección en sus documentos oficiales. 

En el 2013 volvió a ser pionero al aprobar una legislación que permitía a cualquier adulto acceder a técnicas de fertilización asistida de manera gratuita. Es precisamente por esto que resulta no solamente decepcionante, sino contradictoria la decisión tomada por el Senado que se opuso a la legalización del aborto dentro de las primeras 14 semanas de gestación.

Curiosamente cuando Argentina sancionó el Código Penal de 1921, el cuál es vigente en la actualidad, fue considerada una pionera en materia de aborto ya que era uno de los primeros países en legalizarlo bajo ciertas condiciones. Países como Uruguay, con los que comparten rasgos culturales, e Irlanda, un país sumamente católico, han despenalizado la práctica del aborto mientras que la misma legislación argentina tan progresista a principios del siglo XX se ha quedado rezagada en un tema considerado por muchos como sinónimo de progreso. 

Es importante tener en cuenta el contexto cultural e histórico de este país para entender el por qué de esta decisión. El debate que generó este proyecto reveló la constante tensión entre los sectores conservadores y progresistas que han marcado la historia de Argentina. Estas dos esferas, cuyos enfrentamientos han dejado huella en la vida de los ciudadanos, han divido a al país durante décadas y han hecho que los argentinos vivan en una eterna grieta. En las votaciones del Senado la mayoría de los representantes del norte, que es tradicionalmente más conservador, votaron en contra mientras que los senadores de provincias del centro y sur, entre ellas Buenos Aires, votaron a favor. 

Otro de los factores determinantes en este referéndum fue la elección del argentino Jorge Bergoglio como líder del Vaticano en 2013 que definió el destino de cualquier modificación de leyes sobre la interrupción del embarazo. Aquí podemos encontrar otra de las incongruencias del progreso feminista con la ex presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner. Durante su gobierno de ocho años impulsó varias de las legislaciones más progresistas de la historia argentina pero no dió paso alguno a anteproyectos relacionados con el aborto, manteniendo siempre una postura de “defensa de la vida”. A pesar de no haber nunca habilitado el debate en comisiones, en las votaciones del pasado jueves 6 de agosto, siendo ahora senadora, votó a favor de la despenalización cambiando así drásticamente de posición. 

Otro de los hilos conductores de la lucha feminista es la búsqueda de la equidad laboral y económica entre ambos sexos así como la lucha contra los procesos de mercantilización de los cuerpos y la vida de las mujeres. La lucha feminista contra el capitalismo neoliberal encuentra sus cimientos en la Marcha Mundial de las Mujeres que enmarca las alianzas y construcciones colectivas de los movimientos sociales, campesinos y sindicales.

El feminismo no acepta que la agenda de género sirva de instrumento en la legitimación de acuerdos de libre comercio al igual que denuncia el reconocimiento de que el modelo neoliberal se articula en prácticas de dominación y explotación con el patriarcado y el racismo.

El ámbito social en donde se producen o exacerban las desigualdades es en el mundo del trabajo. Actualmente la discrepancia de salarios de mujeres y hombres egresados de la universidad es de un 16% aún cuando las mujeres se encuentran más calificadas. Según datos de la encuesta anual de la consultora Grant Thornton la participación de mujeres en puestos directivos en América Latina es de tan solo el 20% mientras que a nivel global es del 25%. 

La CEPAL indicó que la tasa de participación laboral femenina se ha estancado en torno al 53% y el 78.1 % de las mujeres que están ocupadas lo hacen en sectores de baja productividad, lo que indica peores remuneraciones, baja cobertura de seguridad social y menor contacto con tecnologías e innovación. Estas desigualdades tienen como base un sistema social que reproduce estereotipos conservando una división sexual del trabajo que limita la inserción laboral de las mujeres y son precisamente estos factores estructurales los que representan un obstáculo para la superación de la pobreza y desigualdad de la región así como para la autonomía económica de las mujeres. 

El principal enemigo que enfrenta el feminismo en América Latina es la cultura machista tan presente en nuestras vidas. Las practicas de crianza e instituciones culturales son las primeras que enseñan y sirven el complejo del machismo. El modelo patriarcal de la autoridad familiar y la conducta verbal tanto del hombre como de la mujer están enfocados en el enaltecimiento de la masculinidad. El modelo patriarcal de la autoridad familiar y la conducta verbal tanto del hombre como de la mujer están enfocados en el enaltecimiento de la masculinidad. Las relaciones de hermandad que existen en las clases bajas tienen como manifiesto a hermanas que acostumbran a servir a sus hermanos y les guardan deferencias. En la educación del hogar en Latinoamérica las madres les enseñan a las hijas a servir y a los hijos a ser servidos. 

Es precisamente el papel de la mujer en la cultura hispana el más importante contribuyente a la creación de las normas machistas que rigen las relaciones sociales. Las características de estas se encuentran determinadas de tal manera que enaltecen la superioridad masculina y los papeles asignados culturalmente a la mujer están dispuestos de tal manera que los hombres puedan desempeñar su función de machos.

El machismo es una característica cultural hispana, un rasgo cultural que tiene el propósito de satisfacer una necesidad psicológica que resulta del complejo de inferioridad del individuo del sexo masculino, este a su vez es el resultado de las prácticas sociales de crianza que se transmiten de generación en generación. 

Aunque la mujer latinoamericana ha alcanzado avances admirables con respecto a su empoderamiento en la sociedad, muchos de estos se ven afectados o son resultados de la influencia de la estructura patriarcal vigente. No importa la intensidad de la lucha por los derechos de las mujeres si no se puede derrotar la cultura sexista persistente en en siglo XXI. 

Para esto se necesita de una reestructuración del feminismo en donde el empoderamiento femenino sea uno pluralista y en donde a través de superación de las confrontaciones internas se pueda trabajar en un movimiento cohesivo para la mujer.  El trabajo en conjunto de hombres y mujeres es necesario para encontrar un nuevo terreno social y así poder forjar la igualdad, una meta establecida desde el principio por las precursoras de este movimiento. 

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